
Cuando pensamos en violencia, muchas veces imaginamos golpes o gritos. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. En las escuelas, directores y profesionales de apoyo están observando una situación que genera gran preocupación: la violencia en el noviazgo adolescente y juvenil no siempre se reconoce como violencia. Con frecuencia se normaliza, se minimiza o se justifica bajo ideas como “celos”, “amor intenso” o “preocupación”.
Muchas personas jóvenes llegan a terapia expresando frases como: “No sé si esto es violencia o si estoy exagerando”, “me cela porque me ama” o “no me pega, pero me hace sentir mal”. Estas expresiones no surgen del drama ni de la exageración. Surgen de la confusión emocional, de patrones aprendidos y de una falta de educación relacional que aún persiste tanto en las familias como en los espacios educativos.
Desde investigaciones recientes realizadas en escuelas públicas y desde la experiencia clínica, se repite una misma realidad: la violencia en el noviazgo adolescente y juvenil existe, pero muchas veces no se reconoce como tal. Se normaliza, se minimiza o incluso se romantiza. Cuando esto ocurre, el daño emocional se vuelve invisible, aunque no por eso menos profundo.
Violencia que no deja marcas visibles
Cuando pensamos en violencia solemos imaginar agresiones físicas evidentes. Sin embargo, la mayoría de los casos observados en contextos escolares y terapéuticos comienzan de formas mucho más sutiles. Aparecen como control disfrazado de amor, celos normalizados, revisión constante del celular, aislamiento de amistades, humillaciones, amenazas emocionales o vigilancia digital.
Desde la psicología clínica, estas conductas forman parte de la violencia emocional y psicológica, y su impacto puede ser igual o incluso más duradero que el de la violencia física.
Cuando el cuerpo empieza a hablar
Cuando una relación genera miedo, ansiedad constante, pérdida de identidad o la sensación de estar caminando “con cuidado”, el cuerpo está enviando señales importantes. El malestar emocional no es exageración, es información. Estas dinámicas construyen relaciones basadas en poder y control, no en respeto. Si algo de esto te resulta familiar, no estás exagerando; tu incomodidad importa.
Lo que están viendo las escuelas
Líderes educativos y equipos interdisciplinarios han reportado un aumento de este tipo de dinámicas entre adolescentes. Se observan relaciones marcadas por el control, dificultad para pedir ayuda y una preocupante normalización de comportamientos dañinos. Esto nos recuerda una verdad fundamental: nadie nace sabiendo amar de forma saludable.
Las personas aprenden a vincularse observando su entorno familiar, los modelos sociales, las redes sociales, la música, las series y sus propias experiencias emocionales. Cuando esos modelos están cargados de conflicto, drama o control, el cerebro aprende que eso es “amor”.
La normalización del dolor
Uno de los mayores retos identificados en contextos educativos es la normalización de la violencia. Muchos jóvenes crecieron viendo relaciones conflictivas en casa o consumiendo contenido que romantiza los celos, el drama y el control. Cuando esto se repite, el mensaje se internaliza: “Así se ve el amor”. Y si lo que se vio fue dolor, eso también se aprende.
Qué es - y qué NO es - el amor Saludable
En una época donde muchas creencias sociales, canciones, redes sociales y series romantizan el control, los celos y el sufrimiento, es importante detenernos a diferenciar con claridad qué es amor saludable y qué no lo es.
El amor sano no duele, no asfixia y no genera miedo. A continuación, algunas diferencias claras que pueden ayudarte a identificarlo:
El amor saludable SÍ es:
-Respeto por tu individualidad, tus amistades, tus tiempos y tus decisiones.
-Comunicación honesta, directa y sin miedo a represalias.
-Seguridad emocional: puedes ser tú sin sentirte juzgada o castigada.
-Límites claros que se respetan, incluso cuando hay desacuerdos.
-Apoyo mutuo sin manipulación ni chantaje emocional.
-Libertad para crecer, cambiar y desarrollarte como persona.
-Confianza construida, no exigida ni vigilada.
-Responsabilidad afectiva: hacerse cargo de las propias emociones y acciones.
El amor NO saludable suele verse como:
-Celos constantes justificados como “amor” o “preocupación”.
-Control disfrazado de cuidado: revisar el celular, exigir ubicaciones, decidir con quién puedes hablar.
-Aislamiento progresivo de amistades o familiares.
-Miedo a expresar lo que sientes por temor a discusiones, castigos o abandono.
-Humillaciones, burlas o comentarios que afectan tu autoestima.
-Chantaje emocional, amenazas de abandono o victimización constante.
-Confundir intensidad emocional con amor verdadero.
-Sentir que tienes que cambiar quién eres para que la relación funcione.
Cuando una relación no ofrece respeto, seguridad y libertad, no significa que hayas fallado. Significa que hay aprendizajes relacionales pendientes. Muchas personas aprendieron que amar es aguantar, ceder o sufrir. Sin embargo, hoy sabemos que el amor no debería doler para ser real.
Reconocer estas diferencias no busca señalar ni culpar, sino abrir conciencia. La claridad es el primer paso para sanar.
Sanar también es revisar la historia
Cuando una persona ha crecido rodeada de conflictos, gritos, silencios dolorosos o relaciones inestables, es más probable que normalice patrones que no son sanos. Esto no habla de debilidad, sino de aprendizaje relacional sin herramientas adecuadas. Sanar relaciones implica también sanar historias familiares, culturales y generacionales.
Sanar no significa juzgar el pasado. Sanar significa comprenderlo, resignificarlo y construir nuevas formas de relacionarte contigo y con los demás.
Si has vivido violencia, no fue tu culpa
Si has vivido violencia en una relación, es importante decirlo con claridad clínica y humana: no fue tu culpa. No provocaste el maltrato. No eres débil por haberte quedado. El trauma relacional afecta el apego, la autoestima y la percepción de seguridad. Muchas personas permanecen en relaciones dañinas porque aprendieron que el amor duele, porque temen quedarse solas, porque buscan validación o porque no conocen otra forma de vincularse.
Un mensaje para las familias y personas adultas
Es necesario hablar también con las generaciones adultas. Muchas personas crecieron escuchando mensajes como “así es el amor”, “aguanta”, “eso se resuelve en casa” o “los celos son normales”. Hoy sabemos que estas ideas perpetúan ciclos de violencia emocional. Romper patrones generacionales no es traicionar la historia familiar; es proteger a las próximas generaciones.
Prevención que sana
Acompañar a adolescentes desde la empatía, la escucha y la educación emocional protege más que cualquier castigo. Crear espacios seguros para hablar de relaciones, emociones y límites es una forma real de prevención. Desde una mirada clínica y educativa, la prevención efectiva ocurre cuando se desarrollan habilidades emocionales, se fortalecen redes de apoyo, se interviene de forma temprana, se validan las experiencias emocionales y se enseña a establecer límites saludables.
No se trata solo de detener conductas problemáticas. Se trata de sanar la forma en que aprendimos a amar.
Pedir ayuda también es un acto de valentía
Si este contenido resonó contigo, quiero recordarte que no tienes que hacerlo solo o sola. Buscar ayuda no es una señal de debilidad; es una decisión consciente de autocuidado. La terapia puede ayudarte a reconocer patrones relacionales dañinos, fortalecer tu autoestima, sanar experiencias de trauma interpersonal, aprender a comunicarte de forma más saludable y reconstruir relaciones seguras.
Dar el primer paso hacia tu bienestar emocional es un acto de valentía. Recuerda esto: no tienes que repetir lo que te dolió. Puedes aprender nuevas formas de amar. Mereces relaciones donde no tengas que sobrevivir, sino crecer.
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Con respeto y acompañamiento profesional,
Lcda. Yajaira Félix González